jueves, 3 de julio de 2014

EL FRUTO PROHIBIDO (DÉCIMO PRIMERA PARTE)

Hola a todos.
Hoy, os traigo un nuevo y pequeño fragmento de mi relato El fruto prohibido, que vuelve a estar centrado en la figura de Lucía y de Ethan.
Espero que os guste.

                                      Lucía no podía centrarse en nada.
                                      Bordaba con gesto distraído.
                                      No lograba sacar el hilo a través de la tela. Se sentía frustrada. En realidad, estaba nerviosa.
                                     Su madre le estaba leyendo en voz alta con la intención de distraerla un poco. La notaba rara desde hacía mucho tiempo.
                                    Sin embargo, la mente de Lucía se hallaba en otra parte. No sentía el menor interés por la lectura.
                                    Su doncella sospechaba algo. Cuando Lucía regresó a su casa, antes del amanecer, la encontró en su cuarto. Estaba visiblemente enfadada. Marita tenía una edad parecida a la edad de Lucía. Más que ser su doncella, Marita se había convertido en la mejor amiga de Lucía. Sin embargo, la joven no le había contado nada acerca de su relación secreta con Ethan. La ausencia de Lucía había asustado a Marita y la joven Parrado se vio obligada a contarle la verdad.
                                  Lucía regresaba de estar con Ethan.
                                  Marita se escandalizó.
-¿Te has vuelto loca?-casi gritó.
-Baja la voz-le pidió Lucía, asustada-No quiero que mis papás se despierten y se enteren. Ellos no saben nada. De momento...Sé que tendré que contárselo. Pero no sé cómo. ¡Oh, Marita! Nunca has estado enamorada. No sabes lo que significa.
-¡Pero se trata de un gringo! Y, encima, pobre y bastardo.
-¡Lo sé!
                                Marita se paseó de un lado a otro de la habitación. Estaba muy enfadada con Lucía. La joven se sentó en la cama y la contempló con cierto nerviosismo.
                              Un rato antes, se había despertado en el granero abrazada a Ethan. Se había despedido de él con un beso de amor.
-Llegará el día en el que no tengas que irte-le aseguró el joven.
-Espero que ese día llegue pronto-corroboró Lucía.
                            La joven se puso de pie y se acercó a Marita.
-El padre de Ethan es Sean O' Hara-le recordó.
                            Pero la doncella no pareció escucharla.



-Tu papá no lo entenderá-insistió-Cuando se entere, montará en cólera. No sé lo que hará contigo. Pero sé lo que hará conmigo. Me culpará a mí de todo. ¡Soy tu doncella! No puedes ir a ninguna parte si yo no voy contigo. ¡Me botará de acá!
-Marita, te lo ruego, no le cuentes nada de esto a nadie-le imploró Lucía-No puedo renunciar a Ethan. Te ruego que no me pidas que deje de verle porque sería como matarme. Ethan y yo nos amamos. Cuesta mucho entenderlo. Pero es la verdad. Es un sentimiento muy fuerte que nace de mi corazón y que me empuja hacia él. Hacia Ethan...
                        La doncella la miró atónita. No sabía qué decir.
-Si tú no le cuentas nada a mi papá, no te pasará nada-añadió Lucía.
-¿Hablarás tú con él?-inquirió Marita-No quiero meterme en un lío.
                         Lucía tenía los labios hinchados por los besos que Ethan y ella se habían dado. Se habían susurrado palabras de amor. Se habían jurado mutuamente que estarían siempre juntos. Todavía podía sentir los labios de Ethan en su piel.
                            Lucía abrazó a Marita y le dio un beso en la mejilla.
-Hablaré con mi papá en cuanto pueda-le prometió-Pero tengo mucho miedo. Tienes razón. No lo entenderá.
-Ni yo misma lo entiendo-se sinceró Marita.
-Pero me apoyas. ¿Verdad que me apoyas?
-Sí...Te apoyo.

miércoles, 2 de julio de 2014

LOCAMENTE ENAMORADO

Hola a todos.
Este fragmento de Locamente enamorado es bastante corto.
Pero vemos cómo Dillon inicia el viaje que le llevará de vuelta a casa.

                            Dime que estoy haciendo lo correcto, Sam, pensó Dillon apoyado en la barandilla del barco que le llevaba de vuelta a Estados Unidos.
                           Se sentía demasiado viejo y cansado para empezar de nuevo. Hacía unos días que había zarpado del puerto de Londres el Lucy, el barco para que el Dillon había comprado pasaje.
                           Sin embargo, el miedo se estaba apoderando de él. Sentía que no era quién para entrar de nuevo en la vida de Rose. Después de todo, a lo mejor, ella ya le había olvidado.
                           A lo mejor, habría rehecho su vida. Se habría casado.
                          Tendría hijos.
                           Dillon paseó de un lado a otro de la cubierta. No podía sacarse a Rose de la mente, pero tampoco podía sacársela del corazón.
                           Lo único que deseaba era volver a verla. Sabía, por la carta que le había escrito su padre, dónde vivía.
                            Sean viajaba mucho por todo el Oeste. Buscaba cabezas de ganado. Caballos...Y se enteraba de muchas cosas. Había visto a Rose y a sus hermanas. Las cinco hermanas mayores seguían estando solteras. Jasmine no quería casarse. Decía que el amor sólo hacía sufrir.
                           Rose se había acostumbrado a aquella clase de vida. Entonces, seguiría estando soltera. Dillon no quería ser egoísta. Rose merecía algo mejor que él.
                           ¿Qué le diré cuando la tenga delante?, se preguntó así mismo Dillon. ¿Cómo le voy a decir todo lo que siento por ella?
                          Se estaba arrepintiendo de haber abandonado Londres. Sin embargo, no podía dar marcha atrás. Debía de seguir adelante. Y ver a Rose.
                          Sólo Dios sabía lo que podría pasar entre ellos. Las dudas se agolparon en la mente de Dillon. Rose podría no querer saber nada de él. Podría echarle.
                           Se le revolvió el estómago. Le aterraba pensar que Rose había dejado de amarle. Entonces, nada tendría sentido para él. Rose...

 

                      Aquel amor seguía dentro de su corazón. Guardado como el mayor de los tesoros...

FRAGMENTO DE "ME OLVIDÉ DE OLVIDARTE"

Hola a todos.
Hoy, os traigo un nuevo fragmento de mi novela Me olvidé de olvidarte.
En esta ocasión, nos centraremos en la vida de Cordelia y de Dillon como matrimonio.
Cordelia habla de su nueva vida con una de sus tías.

                                 Cordelia acudió a visitar a su tía Sophie. De sus dos tías, Cordelia se sentía más unida a Sophie. Tenía más confianza con ella que con su tía Elinor o con su madre.
                                Dieron cuenta de una taza de té en el salón de tía Sophie.
-Te sienta muy bien la vida de casada-aduló la mujer-Te veo más guapa. Más alegre...
                               Cordelia sonrió con timidez. Había pasado un mes desde que huyó a Gretna Green con Dillon.
                               Su madre y su padrastro tuvieron que resignarse cuando se dieron cuenta de que el matrimonio se había celebrado.
-Lord Cleveland quiere introducir a Dillon en su círculo social-le contó a su tía.
                              Lo va a tener muy difícil, pensó tía Sophie. Lord Cleveland había intentado introducir a su hermana en su mundo. Sin embargo, la alta sociedad la había rechazado. Desde que se quedó viuda, tía Sophie vivía sola. Agradecía las visitas que le hacían sus hermanas. Pero sentía que la ambición había destrozado sus vidas.
-Eres la única que puedes continuar con nuestra familia-afirmó tía Sophie-Quédate embarazada y ten un hijo. Pero asegúrate de que sea de tu marido. No quiero ser motivo nunca más de murmuraciones. Me siento muy vieja. Y tú eres todavía muy joven.
                            Cordelia se ruborizó al escuchar aquellas palabras. Por supuesto que había pensado en tener hijos con Dillon. Su mayor deseo cuando se casó con él era tener un hijo suyo. El problema era lo que debía de hacer para quedarse embarazada. Aquella parte de su matrimonio era la que menos soportaba. Se veía obligada a yacer con su marido una vez a la semana.
                            Dillon percibía la lejanía con la que lo recibía su esposa. Su frialdad...
-A ti te preocupa algo-observó tía Sophie.
                            Cordelia guardó silencio. No se atrevía a hablar de aquel tema con su madre.
                            Tampoco se atrevía a mencionárselo a tía Elinor. Estaba soltera.
                            Pero tía Sophie no era su madre. Y, además, había estado casada.
-¿Es preciso que lo haga?-le preguntó a su tía-Acostarme con Dillon. Dejar que se ponga encima de mí. Y que...
-Es la única manera que existe de que te quedes embarazada-respondió tía Sophie-¡Por el amor de Dios, Cordelia! No me irás a decir que tú creías que los niños los traía la cigüeña desde París. ¿Verdad?
-No...
                                 Cordelia se ruborizó. Tía Sophie soltó un resoplido sonoro.
                                 Era obvio que la educación sexual que había recibido su sobrina había sido prácticamente nula. Supuso que su madre le habría explicado algo vagamente después de encontrarla en Gretna Green casada con Dillon, pero sin consumar el matrimonio.
                                 Sospechaba lo que le pasaba a Cordelia. Su sobrina estaba enamorada de su marido. Pero le causaba cierto temor yacer con él. No era la primera joven que se enfrentaba a una situación similar. Tía Sophie tuvo la desagradable sensación de que el matrimonio de Cordelia podía terminar siendo un completo fracaso.
                                Por ese motivo, decidió ayudarla.
-Tu marido no es ningún desconocido-le recordó-Es el hombre con el que has elegido estar libremente. Nadie te lo ha impuesto. Tú decidiste permanecer a su lado cuando os encontraron en Gretna Green. Pudiste haberlo abandonado. Y no lo hiciste.
-Yo amo a Dillon, tía Sophie-afirmó Cordelia.
-Entonces, no tienes que tenerle miedo. Sois jóvenes. Queréis tener hijos. Ya sabes lo que tienes que hacer. No es tan malo.
-Madre me contó que era muy desagradable.
-Es bastante desagradable, sí. Pero Dillon nunca te haría daño. Sabe cómo tratarte. Tan sólo tienes que abrirte de piernas. Dillon descargará rápidamente. Unos pocos abrazos...Unos pocos besos...Y ya está. Habrá terminado. Piensa en otra cosa. Reza. Y habrá pasado todo muy deprisa.
-Sí...
                               Las mejillas de Cordelia se habían encendido de manera violenta. Le daba mucha vergüenza hablar de aquel tema tan íntimo. Una vez a la semana, Dillon acudía a su habitación. El resto de la semana, dormían en habitaciones separadas. Su marido tenía una paciencia infinita con ella. Era consciente de su inexperiencia. Quería ayudarla, pero Cordelia no quería su ayuda.



-Te haré caso-le prometió a su tía.
-Eso espero-aseveró tía Sophie-No quiero meterte el miedo en el cuerpo, cariño.
-Lo he visto en los matrimonios que son amigos de mi madre y de lord Cleveland. Llevan vidas separadas. Ellas se pasan toda la vida encerradas en sus casas solariegas. Y ellos no salen de los burdeles más depravados de Londres. Me da mucho asco. Quiero pensar que Dillon no me haría eso. Que me ama de verdad.
                              Cordelia se puso de pie. Le aterraba la idea de perder a su marido. Pero le asqueaba pensar que tendría que yacer con él. Su cabeza no dejaba de dar vueltas.
                        Estaba el tema de los hijos. El duque necesitaba un heredero.
                        Lady Marcelline no había podido darle un hijo. Lord Cleveland quería nombrar como heredero al hijo de Cordelia.
                        Pero el niño en cuestión todavía no había sido engendrado. Cordelia ansiaba ser madre.
                       Tenía la sensación de que una parte de Dillon estaba lejos de ella. A veces, Cordelia imaginaba que echaba de menos a Samantha. Y las criadas murmuraban que Dillon mencionaba un nombre que no era el de su primera esposa.
                       Un niño le ataría a ella. Cordelia deseaba a Dillon sólo para ella.

martes, 1 de julio de 2014

FRAGMENTO DE "HISTORIA DE DOS HERMANAS"

Hola a todos.
Hoy, me gustaría compartir con vosotros este fragmento de mi novela Historia de dos hermanas. 
Espero que os guste.

                             A Sarah no le gustaba nada ir a las fiestas que se celebraban en Dublín. Desde que llegó con sus padres, a principios de septiembre, todas las noches eran invitados a ir a una fiesta. Sir Alistair había alquilado una casa cerca de Phoénix Park.
                        Sarah le escribía todos los días una carta a su hermana.
                       Su pasión por la lectura traía de cabeza a sus padres. Sir Alistair estaba preocupado por ella. Casi había tirado la toalla con Brighid, pero Sarah iba por el mismo camino. De las dos, Sarah era la más hermosa. Podía atraer a un buen partido. La joven no sentía interés alguno en ir a aquellas fiestas. Lo cual indignaba a sus padres.
                         Se pasaba las horas muertas encerrada en su habitación. Seguía leyendo novelas de amor. Era una costumbre que adquirió en la adolescencia.
                         De estar Brighid con ella, probablemente, se habría reído y le habría dicho que lo que estaba leyendo nunca le pasaría en la vida real.
                         Le estaba costando mucho trabajo acostumbrarse a vivir en Dublín.
                         Sarah se había convertido en la envidia de muchas jóvenes que habían sido presentadas en sociedad al mismo tiempo que ella. Antes de diciembre, Sarah había recibido dos ofertas de matrimonio que había rechazado. Le llegaban todos los días a casa numerosos ramos de flores que ella se encargaba de regalar a otras personas. Sus pretendientes le parecían todos o muy viejos o muy sosos.
-Tienes que ser tú la que se case y nos dé a tu padre y a mí nietos-le recordó su madre-No puedes rechazar ofertas de matrimonio. Ya es muy difícil que alguien se fije en ti siendo tu hermana mayor soltera. La hermana mayor es la que se casa antes. Tu caso es distinto. Sarah, cariño. Lo que ocurre en las novelas románticas no pasa en la vida real.
-Ya lo sé, madre-admitió la joven-Es sólo que yo deseo eso para mí. Deseo vivirlo.
                      Estaban en el salón. Sarah había recibido otro ramo de flores y lo miraba con evidente desdén. Era Lilly quien lo sostenía.
-Le diré a Cassandra que le lleve estas flores a alguna vecina-decidió Sarah.
-¡No puedes deshacerte de todos los ramos de flores que te llegan!-se escandalizó Lilly.
-Madre, no estoy interesada en ninguno de los hombres que me regalan flores.
-Cariño, te hablo como tu madre que soy. Tengo la sensación de que vas a terminar sufriendo mucho. Deja a un lado esos sueños y trata de vivir en el mundo real.
                      Sarah era una joven bastante extrovertida. Le gustaba hablar con todo el mundo. Su cabello de color caoba había causado furor, ya que era largo hasta la cintura y brillante. Poseía la piel morena de no querer salir llevando sombrero o usando la sombrilla para protegerse de los rayos del Sol. Pero eso no disminuía ni un ápice su atractivo. Y estaban sus hermosos ojos de color azul cielo.
-La vida real es muy aburrida, madre-sonrió Sarah.
-Cuando la vida real te alcance, te arrepentirás de no habértela tomado en serio-le advirtió Lilly-Los libros están para disfrutarlos y para leerlos. Eso no te lo niego. Pero quiero que pienses bien lo que estás haciendo. Los libros, en ocasiones, no se ajustan en nada a la vida real.



                    El rostro de Sarah se tornó serio.
                   Pensó que su madre tenía razón.
                   Pero ella no quería perder la esperanza.
                    Antes o después, se enamoraría de un apuesto bandolero. Sería raptada por un apuesto ladrón parecido a Robin Hood, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Un pirata la tomaría entre sus fuertes brazos y la llevaría a surcar los Siete Mares con él.
                     El recuerdo de Sean O' Hara pasó por su mente. A Sarah no le disgustaba admitir que seguía enamorada de aquel primer amor.
                     Y le parecía un completo disparate. Hacía años que no sabía nada de Sean O' Hara.
                     Había significado mucho para ella. Cuando le conoció, pensó que era la encarnación de todos sus sueños. Podía pasarse las horas muertas mirándole mientras trabajaba en el jardín.
-¿Me estás escuchando?-le llamó la atención Lilly.
                    Sarah había quedado absorta en sus pensamientos.
                    Pensaba mucho en Sean.
                    En cómo la abrazaba. Había sido el único hombre que la había besado.
-Lo siento-se excusó Sarah.
-Si quieres, podemos viajar a Londres-le sugirió Lilly.
-Sólo quiero regresar a casar.
                     Y era verdad. Sarah quería volver a Slievmore. Junto a Brighid...

domingo, 29 de junio de 2014

LOCAMENTE ENAMORADO

Hola a todos.
Aquí os dejo con un nuevo fragmento de Locamente enamorado. 
Dillon se encara con su futuro.

                                  Samantha murió menos de una semana después. Murió al mediodía. Lady Marianne rompió a llorar en el momento en el que Samantha expiró.
-¡Hija mía!-sollozó.
                            Dillon permaneció junto a la cama donde yacía ya el cadáver de su mujer, pero fue incapaz de reaccionar en aquellos momentos. Escuchaba los sollozos histéricos de lady Marianne.
                           El velatorio se celebró en la casa de la pareja.
                           Lady Marianne quiso amortajar el cuerpo de Samantha. Dillon permaneció en el salón recibiendo a las visitas. Eran personas que acudían a dar el pésame a los marqueses. Y le dieron también el pésame a él.
                           Incluso, acudió la abuela de Samantha, la madre de lady Marianne. Samantha le comentó en una ocasión que nunca se llevaron bien. Pero la mujer estaba destrozada por la muerte de su única nieta. Tenía la sensación de que se había quedado sola. Dillon no escuchó los lamentos de la anciana.
                          Al día siguiente, Samantha fue enterrada en el panteón familiar del marqués. Los hijos del primo de éste acudieron al entierro.
                          Dillon no se dio cuenta de que estaba llorando. Le hicieron agacharse y coger tierra.
                          Le hicieron echar tierra sobre el ataúd que contenía los restos mortales de Samantha. Le parecía que estaba soñando. Nada de lo que está pasando es real, pensó Dillon con horror.
                         El cáncer...Un maldito cáncer de páncreas se había llevado a una mujer hermosa y llena de vida.
                         El marqués le introdujo dentro del carruaje blasonado de su familia. El marqués estaba destrozado por la muerte de Samantha, pero tenía otras cosas en mente.
-¿Te has fijado en que los hijos del malnacido de mi primo estaban en el cementerio?-le preguntó a Dillon.
-No me fijé-respondió el atontado joven.
-Vienen a hacerse con mi título. Ya no tendré nietos. O lo que sea.
-¡Por el amor de Dios!-le gritó una histérica lady Marianne-¿Sólo piensas en tu asqueroso título? ¿No recuerdas que hemos enterrado a nuestra hija?
-A tu hija, querida. Te abriste de piernas para alguien sin estar casada.
-¡Hijo de puta!
                       Lady Marianne abofeteó con rabia a su marido.
                       Dillon presenció la escena sin reaccionar. Para él, era su esposa quien acababa de ser enterrada. Los marqueses estaban desquiciados.

 

                        Los días siguientes los pasó Dillon recordando el tiempo que había pasado junto a Samantha. Recordaba las veces que se reunían los dos a desayunar en el comedor para contarse lo que iban a hacer durante el día. De las veces que salían a pasear por Hyde Park y Samantha quería pasar por Rotten Row. Recordaba lo que le había aconsejado Samantha que hiciera.
                       No se atrevía a dar aquel paso.
                      Le parecía que Samantha no estaba en su sano juicio cuando se lo pidió.
                      Buscar a Rose.
                     Pero, menos de un mes después, Dillon decidió seguir el consejo que le había dado su esposa antes de morir.
                      Abandonó Londres una mañana en la que hacía mucho frío. No quiso despedirse de los marqueses. Lo último que supo de ellos era que siempre estaban discutiendo. No quería presenciar más peleas.

sábado, 28 de junio de 2014

LOCAMENTE ENAMORADO

Hola a todos.
Antes de ser lady Catherine Weeler, la joven que lleva a Dillon O' Hara por el camino de la amargura tuvo otros nombres. Se llamó Margaret (duró poco). También se llamó Jemima (duró más). Y, durante unos días, pensé en llamarla también Rose (un nombre que me encanta).
Finalmente, se quedó en Catherine.
Este pequeño relato que me gustaría compartir con vosotros tiene como protagonista a Dillon y a su amada, llamada aquí Rose.
Y hay otros cambios que no guardan relación alguna con la historia. Sólo se relacionan con lo que paso a contar aquí.
Se llama Locamente enamorado. 
Espero que os guste.

   LONDRES, DURANTE LA DÉCADA DE 1840

                     Era un sábado por la noche y Dillon O' Hara permanecía sentado en una silla junto a la cama donde yacía su esposa Samantha. La joven estaba despierta y le miraba. 
                       Samantha sentía que su tiempo se estaba agotando. 
-Cuando yo no esté, no quiero que estés solo-le dijo-Me has dado mucho. Y te estoy agradecida. Aunque mi amor por ti nunca fue correspondido. 
-¿Qué dices, Sam?-se extrañó Dillon. 
-No soy tonta, cariño. Te conozco bien. 
                     El recuerdo de Rose acudió a la mente de Dillon. Tenía la sensación de que volvía a ser un adolescente. Al lado de Rose, Dillon vivió las horas más hermosas de su vida. Fue un amor puro. Rose era una chica muy guapa. Estaba llena de vida. Era tan sencilla que no parecía descender de una adinerada familia. Su padre era un militar. 
                    En un primer momento, Rose le evitaba por miedo. Era la menor de seis hermanas. Su padre estaba demasiado ocupado intentando casar a las cinco mayores. La mayor de las hermanas de Rose, Jasmine, estaba sufriendo por culpa de un amor no correspondido. Y Rose no quería hacerse ilusiones con Dillon como se había hecho ilusiones Jasmine con aquel apuesto joven que le destrozó el corazón. Le había robado su primer beso a Jasmine y hubo otros besos más. Pero él sólo quería divertirse con ella. 
-La echas de menos-observó Samantha-Sigues enamorado de ella. 
-Tienes un poco de fiebre-se excusó Dillon. 
-Por favor, cariño. No me mientas. 
                     Una tarde, Dillon y Rose salieron a dar un paseo por el pueblo. 
                     Junto al pozo, situado en la calle principal de San Ezequiel, en el centro, Dillon le robó un beso a Rose. Las mejillas de la chica se encendieron de un bonito color rosa. Fue el primer beso para ambos. Dillon volvió a besarla. Al separarse, Rose esbozó una dulce sonrisa. En aquel momento, Dillon tuvo conciencia de que siempre la amaría. Fue el inicio de su historia de amor. 
                     Samantha siempre supo que había otra mujer en la vida de su marido. 
                     Habían pasado diez años. 
                     Pero Dillon no había sido capaz de olvidar a Rose. En aquellos diez años, había intentado rehacer su vida. Llegó a Londres. 
                     Sin embargo, a pesar de que consiguió un buen trabajo. A pesar de que el pasar tantas horas en el despacho llenaba su vida. A pesar de su matrimonio con Samantha...A pesar de todo...No era feliz. 
                     Rose...
                     Tenía la sensación de que le faltaba un órgano vital desde que no la veía. Había vivido con intensidad aquel primer amor. Porque su amor por Rose había sido intenso y único. 
-¿Sabes dónde está?-inquirió Samantha. 
                      Dillon tenía la sensación de estar de nuevo en San Ezequiel. 
                      Estaba volviendo atrás con su mente en el tiempo. Volvía a ser un adolescente. Un adolescente enamorado...Rose se hacía la tonta cuando lo veía y estaba en compañía de sus hermanas. 
                      Pero, después, se veían a solas. Dillon llenaba de besos el rostro de Rose cuando se encontraban a orillas del riachuelo que pasaba por las afueras del pueblo. Siempre llevaba algo de agua en su caudal, recordaba Dillon. 
                     Se veían una vez a la semana. El día escogido para verse era los sábados por la tarde. Dillon tenía la sensación de que su madre sospechaba algo. Pero lo olvidaba todo cuando se encontraba con Rose. 
                      Abandonó San Ezequiel para olvidar. Para no tener que recordar a Rose. Creía verla pasar por sus calles. La casa abandonada era un recordatorio constante de que ella se había ido para no volver. 
                       Samantha era miembro de la aristocracia. La hija única de un acaudalado marqués...Siempre se rumoreó que no era hija de él, sino que era la hija ilegítima de su cuñada, hermana de su primera esposa. Ni Samantha ni Dillon supieron si esto era real. O si era una mentira. 
-Tengo una ligera idea de dónde puede estar-contestó Dillon. 
-Entonces, cuando yo muera, quiero que vayas a buscarla-le pidió Samantha. 
                          Fueron las hermanas de Rose quienes les separaron. No sentían celos de la relación que la chica mantenía con Dillon. Pero habían visto sufrir a Jasmine por culpa de un hombre. Creían que el joven Dillon le haría daño. Obraron de buena fe. Pero el padre decidió alejar a Rose de San Ezequiel. La chica no tuvo tiempo de despedirse de su amado. 
-Ha pasado mucho tiempo, Sam-le recordó Dillon a su mujer-Puede que se haya casado. No creo que me esté esperando. 
                          Samantha había llegado a conocer bien a su marido. Llevaban casados cuatro años. En un primer momento, el padre de Samantha se opuso a la boda. Trató de hacerle ver a su hija que un joven texano de ascendencia irlandesa no era el hombre apropiado para ella. Para sorpresa del marqués, Samantha se rebeló. 
                         Dillon la besó por primera vez en Rotten Row. 
                         Samantha supo que era el hombre de su vida. Por eso, no lo dudó. Se fugaron juntos a Gretna Green. Para cuando los marqueses los encontraron, la pareja acababa de contraer matrimonio en la Vieja Herrería, un lugar donde solían casarse numerosas parejas. 
                       Los dos herreros dijeron que la pareja había afirmado que se habían casado. Y que bastaba con ello. 
-Has cometido un terrible error-le dijo la marquesa a Samantha-No es el hombre adecuado para ti. 
                        La joven no le hizo caso. Dillon y su esposa regresaron a Londres. 


                Dillon consiguió un trabajo como pasante de abogado. Los marqueses tardaron en reanudar su relación con Samantha. Estaban muy disgustados con ella. Lady Marianne, la supuesta tía o madre de la joven, pensó que Samantha podía darle un nieto. Había estado casada una vez antes de casarse con el marqués. No tuvo hijos durante su matrimonio. Pero tampoco tuvo hijos con el marqués. 
                 Creyó que Samantha sería madre enseguida. Pero, un año después de la boda, los hijos todavían no habían llegado. 
                 Dillon se juró así mismo intentar olvidar a Rose. Pero todas las noches aparecía ante él el rostro de su amada. Si estaba revisando un documento. Si estaba hablando con un cliente. Lo que veía era la dulce sonrisa de Rose. Era como una especie de fantasma que lo estaba separando de su mujer. 
                  Una tarde, a orillas del riachuelo, Dillon probó con su lengua la suavidad de la piel de Rose. Se entregaron el uno al otro. 
                   Sus encuentros fueron más apasionados. Perdieron aquella tarde la virginidad juntos. Después, a orillas de aquel riachuelo, pasaban largas horas besándose en los labios. Llenando el uno de besos cada centímetro del cuerpo del otro. 
                     De algún modo, Samantha siempre supo que, a pesar de lo mucho que amaba a Dillon, su amor no era correspondido. Su marido nunca le fue infiel con el cuerpo. Lo que más le dolía a Samantha era que Dillon sí le era infiel con la mente. 
-El primer amor nunca se olvida-suspiró Samantha. 
-No te vas a morir-le recordó su marido-Y te quiero. 
-Pero no me quieres como quieres a esa joven. Y eso me duele. 
-Sam...Yo...
                          Samantha no conocía personalmente a la mujer a la que ella consideraba como su rival porque ni siquiera vivía en Londres. Dillon le contó que Rose era rubia. Y que tenía los ojos de color azul cielo. Ella le pidió que le hablara de Rose. 
                           Pero Dillon habló con tanto amor de aquella chica que el corazón de Samantha se desgarró. 
-Perdóname-se disculpó Dillon, desolado-No he sabido amarte como merecías. 
-No pasa nada-le excusó Samantha-Ha sido un buen marido. Y te estoy agradecida por todas las cosas buenas que me has dado. 
-Lo dejaste todo por mí. Te enfrentaste al mundo para estar a mi lado. 
-No te puedo reprochar nada. No puedo mandar en tu corazón, cariño. 
                        El primer año de matrimonio transcurrió normal. Dillon luchaba por ganar dinero suficiente para mantener a Samantha. Y luchaba también por olvidar a Rose. No lo consiguió. 
                        El segundo año de matrimonio fue peor. Samantha creyó que su marido tenía una amante. Lo sentía cada vez más lejos de ella. Entonces, Dillon se atrevió a hablarle de Rose. Y Samantha supo que el corazón del hombre al que ella amaba tenía dueña. Quedó destrozada. 
                       Los encuentros íntimos entre ambos desaparecieron a partir del tercer año de matrimonio. Los ojos de Samantha adquirieron una mirada triste. Seguía amando a Dillon con todas sus fuerzas. Entendía bien a su marido. Pero el desamor le hacía mucho daño. Nunca le echó nada en cara. Por suerte, según ellos, no habían tenido hijos. Ningún niño había sido testigo de su desdicha. 
-Me habría gustado haber tenido hijos durante nuestro primer año de casados-admitió Samantha. 
-Lo siento-se disculpó Dillon. 
-Hablé con un médico. Tengo problemas para quedarme embarazada. Me enteré después de conocer la existencia de Rose. Creía que dándote un hijo te uniría más a mí. No fue así. 
                        Dillon cogió la mano de su mujer y se la llevó a los labios. 
                        La enfermedad les había unido. Dillon se desvivía por cuidar de Samantha. 
                        A lo largo de su cuarto año de matrimonio, Samantha había perdido mucho peso. Sentía un fuerte dolor en el abdomen. El color de su piel y el color de sus ojos se tornó amarillento. 
                        Presionada por su familia, Samantha decidió someterse a un examen médico. El resultado fue demoledor. 
                       Todos quedaron destrozados al conocer la noticia. 
                       Samantha padecía cáncer de páncreas. 
                       Dillon se volcó en cuidarla. 
                       Pasaba las noches en vela al lado de su mujer. 
                        El fantasma de Rose les separaba. Había llegado a querer realmente a Samantha. Pero se trataba de un cariño casi fraternal. Le destrozaba verla consumirse a medida que iban pasando los días. 
                        Dillon se sentía mal porque estaba enamorado de un simple recuerdo. El amor que sentía por Rose no desapareció con el paso del tiempo. Al contrario...
                       Parecía que iba creciendo a medida que iban pasando los días. Era un amor tan profundo y tan fuerte que asustaba a Dillon. 
-Mi padre habló conmigo esta tarde-empezó a hablar Samantha-Bueno...No se trata de mi padre realmente. 
-¿Lady Marianne es tu madre?-inquirió su marido. 
-Es lo que me ha contado. Tía Marianne...Fue muy duro lo que pasó. Tenía dieciocho años. Y le hicieron daño. No sé quién lo hizo. Mi padre...El marqués lo sabe. Había que tapar la vergüenza de algún modo. 
-Lo siento mucho. 
-No importa. Siempre tuve la certeza de que tía Marianne era mi madre. Luego, entró en la habitación. Se lo pregunté. Me han confesado la verdad porque me estoy muriendo. No sé lo que pasará con el título de marqués. Supongo que irá a parar a manos de uno de los hijos del primo de mi padre. Del marqués...No tiene hermanos. No tiene hijos varones. Es una pena. 
-Me sorprende tu entereza. 
-Se está acabando mi tiempo, cariño. No sirve de nada ponerse a gritar. Ni a llorar. 
-Te admiro, Sam. 
-No busco tu admiración, cariño. Sólo busco tu amor. Pero...Ya nada importa. 



viernes, 27 de junio de 2014

EL PROMETIDO

Hola a todos.
Y llegamos hoy al final de El prometido. 
Espero que os haya gustado este pequeño relato protagonizado por Joseph y por Brighid.
¡Vamos a ver lo que pasa!

                          El viaje se le estaba haciendo eterno a Brighid.
                          Joseph le habló de su pequeño Víctor. De lo mucho que lo quería.
                          Tardaron dos o tres días en llegar a Dooega y, cuando Joseph le indicó a su mujer que estaba viendo a lo lejos el pueblo al asomarse por la ventanilla del carruaje, Brighid se puso muy nerviosa.
-No te preocupes, cariño-la tranquilizó Joseph-Todo irá bien.
                           La casa de la familia Dashwood parecía sacada de uno de los libros que solía leer Sarah.
                           Se encontraba en las afueras de Dooega. Era una magnífica mansión construcción de piedra. Brighid pensó que aquella mansión que le recordaba a un castillo sería desde aquel mismo instante su nuevo hogar. Había visto la Iglesia del pueblo abierta y a una señora vestida de luto que entraba en su interior. También había visto la bahía de Camport, repleta de actividad, con los barcos que partían a faenar a alta mar.
-Es un lugar muy interesante-le comentó a Joseph.
                                  El joven advirtió de que Brighid se había puesto muy blanca al entrar el carruaje en Dooega. Las tierras que poseían los Dashwood eran inmensas. Pertenecían a Joseph. El joven abrazó con cariño a su mujer y la besó en la frente.
-¿Te asusta conocer a mis padres?-le preguntó-¿Te preocupa conocer a mi hijo?
-Me asusta el no caerles bien-respondió Brighid-No me conocen de nada.
-Cuando te conozcan, te adorarán. Es imposible no quererte, Brighid. Mi hijo te querrá tanto como te quiero yo.
                           La joven sentía que estaba soñando. El convertirse en una de las señoras de aquella casa tan inmensa la abrumaba en exceso. Era la primera vez que visitaba Dooega y le parecía un pueblo bonito y agradable. Esbozó una sonrisa al ver la confianza que Joseph estaba depositando en ella. Brighid se dijo así misma que tenía que tranquilizarse. Su marido estaba a su lado. Él la apoyaba en todo. Tuvo la sensación de que se iba a perder dentro de su nuevo hogar. Era el doble de grande que la casa en la que había nacido. Sarah tendría que estar aquí conmigo, pensó Brighid. Trató de relajarse y de mantener la calma. No quería parecer un manojo de nervios delante de sus suegros.
                            El carruaje se detuvo al entrar en el jardín de la mansión. Joseph descendió en primer lugar y ayudó a bajar a su esposa. El miedo regresó a ella. Sería una de las tres señoras de la casa, ya que Joseph era el menor de tres hermanos. Siempre había sido, curiosamente, el más responsable de los tres. Los dos mayores estaban casados y los hijos no venían. El mayor, Patrick, se había casado en segundas nupcias. Su primera esposa había muerto. Se decía que el único hermano fértil era Joseph, al haber llevado una vida tranquila.
                         Los criados habían salido a recibirles. Toda la familia Dashwood también había salido a recibir a los recién llegados.
                         Brighid empezó a temblar de manera visible. Siempre pensó que se quedaría a vestir Santos.
                        Sarah tendría que estar aquí, pensó. La bella Sarah...Con su cabello de color caoba...
                       Sarah podría ser la señora de esta inmensa mansión, pensó Brighid. Yo no lo haré bien. Joseph me está sobrevalorando. Tendría que irme de aquí. Salir corriendo. Joseph cortó el hilo de sus pensamientos. Le dijo que, al día siguiente, la llevaría a ver los hermosos acantilados que había. A Brighid le pareció una buena idea.
                         Los padres de Joseph fruncieron el ceño al ver a Brighid. Sir Caleb, el padre de Joseph, no estaba nada contento con las nueras que había tenido.
                         Patrick había estado casado en primeras nupcias con una viuda de pésimo recuerdo para los Dashwood. Ésta, a su vez, había estado casada dos veces. Con su primer marido no tuvo hijos. Con el segundo perdió el niño que esperaba antes de cumplir el octavo mes de gestación. Con Patrick tampoco tuvo hijos.
                          Patrick era el hijo mayor. Pero no era para nada responsable. Y lo mismo ocurría con Aidan, el hijo mediano.
                          Le tocaba a Joseph tirar para adelante.
                           Sir Caleb no sabía qué pensar de su nueva nuera. Desconfiaba ya de todas.
                           Tenía ya sesenta años. En el físico, Joseph era el que más se le parecía. Sir Caleb habría sido igual que Joseph cuando tenía su edad. Así lo valoró Brighid.
                          Los dos poseían la misma figura erguida. La misma pose...Pero sir Caleb era más obstinado que su hijo menor.
                          Los dos eran bastante altos. Pero sir Caleb parecía estar cansado de todo. Su vientre era bastante prominente. A su lado, su esposa, lady Stella, parecía ajena a la llegada de su nueva nuera. Sólo tenía ojos para su hijo.
-¿Cómo ha ido el viaje?-le preguntó a Joseph.
-Ha sido un viaje tranquilo-respondió el joven.
-Víctor está en la habitación de los niños. Le diré a la niñera que lo baje. ¿Ésta es tu esposa?
-Sí, madre. Es Brighid. Es maravillosa.
                         Sir Caleb tardó en acostumbrarse a tener a Brighid en casa. Y lo mismo le pasó a sus dos hijos mayores. Era una desconocida.
                           Sir Caleb y lady Stella se habían llevado un disgusto cuando Joseph se casó con Chandra. Hasta donde ellos sabían, ningún caballero se casaba con una joven hindú. ¡Y, encima, de baja casta!
                           Sir Caleb y lady Stella tardaron mucho tiempo en dar su bendición al primer matrimonio de su hijo menor. No llegaron a conocer a su nuera. Joseph les escribía hablándoles de lo maravillosa que era Chandra. De lo inteligente que era. De lo bien que se portaba con todo el mundo. No podían comparar a aquella delicada joven con Chandra. A Brighid la estaban viendo y la estaban conociendo, pero nunca habían visto ni habían conocido en persona a Chandra.
                        El mismo día de su llegada, Brighid conoció a Víctor.
                        No dijo nada cuando el niño apareció de improviso en lo alto de la escalera para saludar a su padre.
                         Sabía que el pequeño Víctor era mestizo. Joseph se lo había contado. Pero eso no le importó.
                        Aquel niño era el hijo de su marido. Era un niño que no tenía madre. Brighid deseaba ser su madre. Pero no quería que olvidara a la mujer que lo había traído al mundo. Entre Joseph y ella, le enseñarían a venerar el recuerdo de Chandra. En cuestión de días, Víctor adoraba ya a Brighid.
                        Los hermanos de Joseph tuvieron que aceptar a su cuñada. Sus esposas se dijeron así mismas que debían de hacerse amigas de Brighid. Y se encontraron con que la joven también quería ser amiga de ellas.
                         El responsable Joseph había encontrado a la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.
                          Brighid llegó a conocer muy bien a sir Caleb. Podía ser un hombre un tanto arisco. Pero se hacía de querer.
                         A pesar de las apariencias, había algo en sir Caleb que le recordaba mucho a su propio padre. El hombre se encariñó con Brighid. A las pocas semanas de llegar a Dooega, la joven se había convertido para él en una hija. La trataba con gran cariño. No se parecía en nada a sus otras nueras. Brighid no era nada escandalosa. Todo lo contrario...Era discreta. No quería llamar la atención. Prefería pasar desapercibida.
                        Lady Stella también llegó a encontrar encantadora a su nuera. Lo cierto era que siempre imaginó a Joseph al lado de una mujer más impetuosa para contrarrestar la seriedad de su carácter. Sin embargo, tuvo que reconocer que Brighid sacaba lo mejor de su hijo menor y que era una buena madre para el pequeño Víctor. Brighid estaba llena de luz. Y eso se notaba. Se percibía.



                        Días después, Joseph llevó a Brighid cerca de los acantilados. Le mostró la inmensidad del mar. El cielo azul, igual que los ojos de Brighid. Ella encajaba a la perfección en aquel lugar.
                        Joseph besó a Brighid con todo su corazón. Supo que la amaría siempre. Que habían nacido para estar juntos.

FIN